¿Es esta la Europa que soñamos?

El Parlamento de Canarias acogió la semana pasada la segunda entrega de  ‘Diálogos’, una propuesta de comunicación con la sociedad que iniciamos, hace poco más de un mes, con un debate sobre igualdad entre María José Guerra y María Luisa Arozarena. En esta ocasión, hemos querido centrar la conversación en la temática de las migraciones y los derechos humanos, contando de nuevo con dos grandes conocedores de la materia: Sami Naïr y Javier de Lucas.

Contar con su presencia y sus visiones de lo que está sucediendo en el mundo y en Europa fue muy especial, al menos para mí y espero que también lo haya sido para quienes tuvieron la ocasión de escucharles. Tengo la impresión de que ha sido uno de los grandes momentos que, sin estar directamente relacionado con la actividad legislativa, hemos vivido en esta legislatura.

Como ya saben, el Parlamento de Canarias está trabajando en la elaboración de un informe sobre Movimientos Migratorios y Derechos Humanos que llevaremos ante la Conferencia de Asambleas Legislativas de las Regiones Europeas (CALRE) del próximo mes de noviembre, como consecuencia de nuestra presidencia en este grupo de trabajo.

El informe, aunque está orientado a la identificación de buenas prácticas en los procesos de acogida e integración, requiere una adecuada compresión de las razones y causas de lo que está ocurriendo al respecto en nuestros días. Por eso necesitamos conocer los diagnósticos adecuados y contar con Naïr, con De Lucas, así como con otras organizaciones y colectivos con los que nos hemos reunido hasta la fecha, está contribuyendo decisivamente a lograr este objetivo. Sus visiones son muy importantes para nuestro trabajo, hasta el punto de que podríamos decir que miramos a través de los ojos de los protagonistas para entender lo que está pasando.

Necesitamos conocer los diagnósticos adecuados y contar con Naïr, con De Lucas, así como con otras organizaciones y colectivos con los que nos hemos reunido hasta la fecha, está contribuyendo decisivamente a lograr este objetivo.

Hoy por hoy, las personas desplazadas forzosas por el mundo siguen creciendo casi al mismo ritmo que aumentan la desigualdad, los conflictos, la vulneración de los derechos humanos o el cambio climático. Según ACNUR, son más de 60 millones de personas en esta situación; la mayor parte realiza un viaje sin retorno, con un horizonte incierto y acompañadas por el gélido aliento de la cerrazón y la insolidaridad. Huyen de la guerra, del hambre y de la miseria. Sólo quieren salvar sus vidas.

Europa, desgraciadamente, solo ha reaccionado cuando las personas desplazadas han comenzado a llegar a miles a las costas mediterráneas, protagonizando la mayor tragedia humanitaria desde la segunda guerra mundial. Hoy este mar, antaño cuna de las grandes civilizaciones, se ha convertido en un cementerio de vida y esperanzas.

Las primeras respuestas de la Unión Europea (UE) en los momentos más críticos de la llegada de miles de refugiados a sus fronteras hicieron que volviéramos a sentirnos en paz con nuestras conciencias. Muestra de ello fueron, sin duda, aquellas palabras de la canciller alemana, Angela Merkel, cuando dijo: “Si ahora tenemos que empezar a pedir disculpas por mostrar una cara amable en respuesta a situaciones de emergencia, entonces este no es mi país”.

Europa acometió uno de los episodios más criticados de la política exterior europea reciente: la firma del tratado con Turquía para la expulsión y retención de las personas refugiadas, una medida que nos muestra una UE que no se reconoce a sí misma, desorientada, sin respuestas y sin rumbo.

Sin embargo, las personas siguieron llegando y pocos meses después de esa reacción ejemplar, Europa acometió uno de los episodios más criticados de la política exterior europea reciente: la firma del tratado con Turquía para la expulsión y retención de las personas refugiadas. Una medida que nos muestra una UE que no se reconoce a sí misma, desorientada, sin respuestas y sin rumbo.

Contra su propia razón de ser, la Unión acordaba situar sus fronteras lejos del continente, taponando las posibles salidas migratorias a cambio de una importante contribución económica a Turquía, sin tener en cuenta ni las penosas condiciones de los campos de refugiados ni a los posibles demandantes de protección internacional. Un acuerdo cuestionado por muchos y denominado por otros como el de la vergüenza o de la indignidad. Lo cierto es que, con la firma de ese acuerdo, hemos olvidado que la dignidad es la base sobre la que se sustancian los derechos humanos. ¿Acaso es esta la Europa que soñamos?

Uno de los bomberos que ayudaba a los refugiados en la isla de Lesbos se preguntaba: “¿Qué situación tan terrible deben dejar atrás para exponerse y exponer a sus hijos a la muerte?” Esta es, precisamente, la misma imagen que nos hizo ver, con su claridad habitual, la embajadora de ACNUR Barbara Hendricks: “Nadie se va de su casa si no tiene un tiburón dentro”.

Para comprender lo que está ocurriendo, no debemos olvidar que el drama de los refugiados tiene lugar en un escenario lleno de incertidumbres sobre el futuro de Europa y sobre los restos de sufrimiento que ha dejado una gravísima crisis económica. En un momento en que los hombres y mujeres de Europa se sienten desprotegidos tropiezan con una catástrofe humanitaria sin precedentes, en el doble sentido de que ha sido provocada por seres humanos y de que sus víctimas son también humanas. Es bueno recordar esto porque, de lo contrario, no podremos encontrar nunca la respuesta adecuada.

Las migraciones van a ir a más porque la desigualdad, lamentablemente, no va a parar de crecer. Ante este hecho, Europa debe implicarse y actuar unida, contando con sus regiones.

Las migraciones van a ir a más porque la desigualdad, lamentablemente, no va a parar de crecer. Ante este hecho, Europa debe implicarse y actuar unida, contando con sus regiones; debe reinventarse como espacio para las ideas y los valores, jamás para el odio y el aislamiento; debe, en definitiva, mirar atrás, a sus orígenes, y afrontar los desafíos que tenemos por delante con recursos, sensibilización y actuando con determinación en los países de origen.

Decía el profesor Zygmunt Bauman que para “lograr una forma civilizada de vida en común para toda la humanidad debemos recordar que la seguridad y el bienestar de una parte del mundo no se puede conseguir, ni mucho menos garantizar, si no se extiende a todos, tanto sobre el papel como en la práctica, el derecho a una vida segura y digna”. En esa dirección debe remar Europa.